El nuevo Dios del sueño profundo

No recuerdo exactamente cuándo fue la última noche en la que dormí profundamente. Mucho menos la última vez que me levanté de buen humor. Estoy seguro que ambas están correlacionadas. Una noche de sueño placentero es sinónimo de una sonrisa de oreja a oreja en la mañana.

Tampoco soy el mismo sujeto desde que cada noche en la que pongo el rostro en la almohada, el cuerpo en el colchón, el proceso para cerrar mis párpados hasta que salga el sol resulta tan tormentoso como dormir en el frío asfalto de la calle frente a mi edificio. Resulta imposible disfrutar la vida con tan tormentosas sesiones nocturnas.

A veces quisiera lanzar el tiempo atrás, a esas épocas cuando descansaba confortablemente en la cama de mis padres. Era apenas un pequeñuelo; no le llegaba a la altura de las rodillas a mi mamá, siendo ella una mujer de estatura promedio. La memoria me falla al procurar conectar los hechos que determinaban que no me aguantara mi cama y terminara en la de mis progenitores. De golpe, me llenaba de cientos de excusas para buscar un espacio en esa tibia y reconfortante cama en la habitación más grande de la casa.

Últimamente, ante el desespero, he acudido incluso a ayudas externas, de esas de corte fantasioso y poéticas, como contar ovejas, o incluso, pensar en Morfeo, el dios de los sueños en la mitología griega, quien se decía fue castigado por Zeus por haber revelado secretos a los mortales a través de sus sueños. Pero si acaso el padre de los dioses helenistas supiera que no me interesa conocer secretos divinos. En cambio, quiero solo caer rendido ante los brazos de Morfeo.

Aunque tal vez lo más fácil sea hacerle caso a mi hermana, quien recientemente compró un colchón nuevo por Internet, y dice que duerme como cuando tenía 5 años, justo lo que yo necesito: dormir profundamente y renovar la imagen que tengo del dios de los sueños. Estoy convencido que debe tener forma de un blanco colchón y no de un afeminado ser alado.

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Escrito por: Juan Felipe Guerrero

 

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